Nos encaminamos hacia el mejor de los mundos. Las generaciones venideras podrán abusar alegremente del derecho a divertirse entre la admiración general, sin temor alguno a los que le depare el futuro. Pasarán la educación obligatoria curso tras curso, y suspendan o aprueben no aprenderán inglés ni matemáticas y de lengua ya saben ellos todo lo que hay que saber y les dan cuarenta vueltas a los profesores en economía del lenguaje. Pero como estudiarán Educación para la Ciudadanía saldrán hechos unos formidables demócratas soberanamente conscientes de su derechos. Algunos harán el esfuerzo por ir a la universidad, los hijos de los inmigrantes seguramente, pero a la mayoría no le merecerá la pena. Todos tendrán resplandecientes dentaduras y muchos sabrán tocar la guitarra. Se independizarán de sus padres gracias a los alquileres subvencionados por su madre, la Junta , trabajarán media jornada en algún puesto semifuncionarial y se les dará un piso de protección social cercano a la zona en la que tradicionalmente hayan residido. Con la obligación de pagarlo, claro, ahora, que si no puede, el Estado se hará cargo de la hipoteca. Ya instalados con veintiún años y un largo panorama de vida de cervecitas por delante, como la juventud es tan alocada, seguro que muchos deciden cambiarse de sexo en los brazos maternales de la Seguridad Social.