Compartimos una tribuna publicada en Diario de Sevilla donde dos miembros de la Asociación Redes, José María Pérez Jiménez y Pedro García Ballesteros, ponen el dedo en la llaga sobre uno de los anacronismos del sistema educativo: que siga pivotando sobre el libro de texto, entendido a la antigua usanza.

Un tirano en las aulas

J. M. PÉREZ JIMÉNEZ /PEDRO E. GARCÍA BALLESTEROS | ACTUALIZADO 13.09.2016 – 09:39

VAYA por delante nuestra convicción de que la gratuidad de los libros de texto en la enseñanza obligatoria sostenida con fondos públicos, establecida en el Estatuto de Autonomía de Andalucía, obedece, en principio, a buenas intenciones de una política educativa que intenta responder al principio de igualdad de oportunidades y compensación de desigualdades. Lo que ocurre es que no bastan las buenas intenciones ya que, a veces, ciertas medidas las carga el diablo y conducen a efectos contrarios, no previstos e, incluso, perversos.

Desde un punto de vista social, la gratuidad de los libros de texto parece una medida impecable y de hecho hacen gala de ella sus mentores políticos. Sin embargo, no nos cansaremos de recordar que las políticas que favorecen la igualdad no son aquellas que tratan igual a los desiguales, ya que ello agrava la desigualdad, sino las que tratan a los desiguales desigualmente, creando las condiciones que favorezcan la deseada igualdad de oportunidades. Aplíquese esto a medidas generalistas adoptadas en los últimos años: gratuidad de libros de texto, ordenadores portátiles gratuitos para todos,… y saquen consecuencias.

Por otra parte, queremos llamar la atención sobre lo que, a nuestro juicio y tras las innumerables visitas a aulas y charlas con profesores, es uno de los problemas más graves que impide la innovación de las prácticas educativas: los libros de texto se han convertido en auténticos tiranos en las aulas, dueños y señores de lo que se enseña y cómo se enseña. Efectivamente, el uso generalizado del libro de texto, gratuito estatutariamente y obligatorio en la práctica, salvo honrosas excepciones, que luchan contra corriente, ha entregado el control de lo que se enseña en la escuela a las editoriales, convirtiendo a los maestros y profesores en meros técnicos aplicadores, con escasísimo poder de decisión sobre su propio trabajo. Lo anterior puede ser especialmente grave, si tenemos en cuenta que los grupos editoriales actúan con unos intereses determinados y con capacidad de presión, incluso, para condicionar la normativa curricular publicada por la Administración.

Los resultados de la investigación y, por tanto, la innovación en educación requieren: poner medios y recursos; dar libertad y otorgar confianza a quien debe llevarla a cabo. Pues bien, desde nuestra experiencia, los libros de texto bajo los principios y el formato que se utilizan actualmente, constituyen uno de los mayores obstáculos a la necesaria innovación de las prácticas educativas. Hoy por hoy, cualquier cambio auténtico pasa por dejarlos a un lado o, al menos, por una reformulación radical de su uso. A contracorriente, luchando contra la rutina, los maestros y profesores que se atreven a tal osadía, se convierten en héroes solitarios, titanes del esfuerzo y la voluntad, que terminan claudicando ante la incomprensión y el aislamiento, provocados por las corrientes oficialistas, hasta entre sus compañeros. La necesidad de un nuevo abordaje del conocimiento, en consonancia con la vida actual y las nuevas tecnologías, convierten a los textos actuales en un anacronismo. Son libros por y para la escuela, pero poco útiles para la vida y la cultura. El propio Informe PISA, en su último estudio, confirma lo que decimos cuando destaca la necesidad de trabajar menos contenidos, los esenciales, pero con más profundidad y relación entre los mismos. Pues bien, el número de asignaturas y, por tanto, de libros de texto, provoca lo opuesto, una dispersión abrumadora, falta de relación e integración, lo que contradice, de facto, el principio citado, por otra parte, de mero sentido común.

En conclusión, para los maestros y profesores que desean cambiar lo que enseñan y cómo lo enseñan, hay dos opciones: ¡dejen los libros de texto!, lo que obligaría, a los responsables políticos, a un replanteamiento de la situación; o bien, que la Administración apueste decididamente para que los necesarios recursos que deben ponerse a disposición de los maestros y alumnos, obedezcan a los siguientes principios: rigor respecto al currículo legal, libertad para su uso, apertura y versatilidad en su diseño, selección de lo imprescindible y, por último, confianza en aquellos que deben utilizarlos. Actuar así otorgaría coherencia a la política educativa que contrariamente, en la actualidad, con una mano, busca buenas e innovadoras prácticas de los docentes pero, con la otra, aplicando medidas estructurales como las citadas, provoca que raramente se produzcan“.

En la imagen, libros de texto en una fotografía publicada por Consumer.es.