Europa debate cómo regenerarse para no caer en la decadencia causada por tumbarse a la bartola y malbaratar los mejores pilares de su sistema social. En aquellos lugares, como Sevilla, capital de Andalucía, que son líderes europeos en falta de puestos de trabajo y en exceso de fracaso educativo, muchas familias de todas las clases sociales han propiciado que sus hijos no cumplan con su obligación de ir a clase un día lectivo, el miércoles 7 de mayo.

Por Juan Luis Pavón

Las fuerzas contrapuestas que influyen a diario en la construcción de la opinión pública se afanan en la elaboración y propagación, rigurosa o falaz, de estadísticas, indicadores y balances. En España hay sobreabundancia de realidades prefabricadas en ese sentido para influir en el estado de ánimo y en la toma de decisiones. Eso ocurre tanto en las grandes capitales como en las pequeñas regiones. En Andalucía, donde somos a la vez grandes en territorio y población, y pequeños en promedio de renta y de bienestar, también se aventan datos para estimar si la sociedad está saliendo o no de la crisis. En su capital, Sevilla, anualmente se sigue confundiendo el variable acontecer de sus dos semanas más festivas y deslumbrantes con el electrocardiograma de su socioeconomía durante las 50 semanas restantes del año. A quienes rastrean el hallazgo de señales y la toma de temperaturas para saber cómo estamos, les aconsejo que analicen cuántos alumnos faltaron a clase en los colegios e institutos de Sevilla el pasado miércoles 7 de mayo por la mañana, aun a sabiendas de que la organización escolar y el calendario laboral de los docentes les había concedido un ‘puente’ convirtiendo en festivo el viernes 2. Conozco centros educativos tanto del centro de la ciudad (predominio de clase media alta) como de su periferia (mayoría de clase baja) donde en Segundo de Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO) solo acudieron 5 de los 27 alumnos, o 1 de los 25.

Es un error crear un retrato robot de Sevilla, tanto en el pasado como en el presente, a partir de un revuelto de impresiones y estadísticas sacadas de la Feria. Y mayor error es persistir anacrónicamente en desenfocar el debate sobre los cruciales abismos del presente y del futuro porque resulta más cómodo adherirse a posturas maniqueas y recurrentes sobre la mayor o menor implicación personal en las grandes fiestas. Hablar a favor o en contra de la Semana Santa y de la Feria, o hablar por hablar de ellas, a favor o en contra, es muchas veces un recurso para huir de la realidad, un refugio para no cambiar, un escape para no asumir la complicidad con las mentiras que vertebran tantas convenciones sociales. En todos los países, regiones y ciudades con mayor grado de riqueza y cohesión, hay fiestas. Y se organizan, y se disfrutan. En todos esos lugares, hay pasión por el fútbol. Y se habla de fútbol. Y se ponen camisetas de sus delanteros idolatrados. Lo mismo sucede en tantos países de emergente preponderancia cuyo nivel educativo está subiendo a gran velocidad, por el hambre de oportunidades que tienen millones y millones de jóvenes para integrarse en la sociedad global y alcanzar el confort de clase media. Por su propia voluntad y animados por sus familias, que nacieron en el puro subdesarrollo.

Quizá las diferencias haya que buscarlas en cuál es el comportamiento cuando un miércoles es jornada lectiva para todos los menores en edad de enseñanza obligatoria y es jornada laboral para la inmensa mayoría de sus padres (tengan o no empleo en la actualidad). En las sociedades aventajadas, la escala de valores está muy clara: ir a clase es una obligación de los alumnos y una responsabilidad de sus familias. El ocio es un factor secundario en relación a lo primordial. Ir a clase no es una penalización, sino una oportunidad. Educar en ese sentido es tarea de las familias dentro y fuera de los hogares. Tanto en casa a la hora de comer como en la parada del autobús o en la cola del ambulatorio.

No le echen la culpa a la Feria. Ni a la falta de un día de Feria con carácter festivo en el calendario laboral de los sevillanos. La existencia de la Feria es un pretexto para que muchos adultos incurrieran en esa indolente actitud. Como es público y notorio, ni el martes 6 ni el miércoles 7 hubo una afluencia alta. Ni de adultos al real de los farolillos ni de pandillas de jóvenes a las atracciones o al entorno de Los Remedios. Al contrario, había menos gente que en fechas similares de años anteriores.

Diez días antes de la Feria, presencié casualmente una conversación de madres, todas de posición más o menos acomodada, en la que se informaban unas a otras sobre la existencia del ‘puente’ de mayo para sus hijos porque en el instituto declaraban festivo el viernes 2 a cambio de dar clases el miércoles 7. Y daban por sentado que no merecía la pena que sus hijos fueran al aula el miércoles de Feria. Total, ¿para qué?, si irán cuatro gatos, se decían.

El martes 6, tras salir del instituto, y a la hora del almuerzo en casa, muchos adolescentes sabedores de que irían a la Feria solo a partir del jueves, le plantearon a sus padres que para qué desplazarse el miércoles a su centro educativo, si casi todos sus compañeros les decían que no acudirían. Que era una pérdida de tiempo porque los profesores, cuando tienen pocos alumnos, no explican los temarios, y se dedican a entretenerles.

Una sociedad enferma ha de mirarse al espejo y distinguir los síntomas, las causas y las consecuencias. La corrupción en las administraciones públicas, en los estamentos políticos, empresariales, sindicales y universitarios no es la causa de nuestros males, sino la consecuencia de favorecer un modelo de vida basado en la falta de ética, en el exceso de hipocresía y en la irresponsabilidad. Cuando un significativo porcentaje de padres, de todas las clases sociales y en todos los barrios, lanza con su actitud el mensaje de que lo obligatorio es la pereza y lo optativo es cumplir las normas, está dando un pésimo ejemplo y perjudica al conjunto de la comunidad. Está maleducando para aprender a vivir desde la simulación. Simulemos que hoy se cumplen los horarios y las actividades, pero nos las saltamos a la torera. Simulemos que se enseña y que se aprende. Simulemos que es imprescindible tolerar el absentismo escolar para disfrutar de la ‘obligación’ de la Feria, como si no hubiera horas suficientes durante una semana para pasarlo bien en la Feria de día o de noche. Simulemos que lo socialmente correcto es despreciar las jornadas de sábado y domingo de Feria para vivir la fiesta, cuando, en puridad, han de ser las fechas más señaladas porque hay mayor tiempo libre y menor obligación de madrugar.

Insisto: no le echen la culpa a la Feria. Es una fiesta que asombra y cautiva, en cuyas virtudes y defectos no voy a explayarme en esta ocasión. Ya era atractiva cuando Sevilla fue a finales del siglo XIX una de las ciudades más insalubres de Europa, o cuando fue a finales del siglo XX sede de una Exposición Universal. Y puede seguir siendo esplendorosa con un 60% de paro juvenil. ¿O no era ya impresionante el Carnaval de Río de Janeiro cuando sus colinas se llenaron de favelas?

Las opciones de bienestar y prosperidad de cualquier persona, familia o colectivo en un ámbito territorial se ven lastradas por todos aquellos que, de un modo u otro, no contribuyen ni se esfuerzan lo necesario en favor de los objetivos primordiales de la comunidad. El impulso individual o grupal para abrirse camino, alcanzar metas personales y rendimientos económicos e inmateriales, por muy meritorio y abnegado que se sea, está condicionado por el entorno. Es posible salir adelante incluso en un contexto muy adverso, y a contracorriente. En Sevilla, hay miles y miles de personas que lo logran con su diaria perseverancia. Aunque les tilden de ‘cuatro gatos’. Pero cuánto potencial de riqueza sería capaz de crear cualquier ejemplo exitoso, de los muchos que los sevillanos desconocen en su propio vecindario, si emergiera en un terreno abonado y propicio para vertebrar un ecosistema de semejantes donde primaran más fácilmente las interacciones que retroalimentan los avances y coadyuvan al desarrollo, a la generación de riqueza y de conocimiento.

El desánimo no ha de imponerse al conocer la desertización de las aulas en un día lectivo. Al contrario, debe servir de acicate para reaccionar. Hay mucha gente joven en Sevilla cuya mentalidad está en las antípodas de esa vida de mentira. Y se está batiendo el cobre muy bien en un mundo global donde lo que cotiza es lo que se demuestra saber hacer, no vale ir de farol. Yo no me voy a quedar de brazos cruzados. El reto es, desde la ciudadanía, sumar fuerzas y conseguir cuanto antes un cambio de actitud, con pequeñas y grandes acciones implementadas en la vida cotidiana, para que la mentalidad predominante en los hogares sea la que decide y defiende sin dudar la obligación de instruirse, la ilusión de aprender, la pasión por inventar, el gusto por el cumplimiento de las normas, la corresponsabilidad con la sociedad que pone a tu disposición tantos medios, y el orgullo de corresponder y contribuir al bien común.