Compartimos una tribuna publicada en el periódico ‘El Correo de Andalucía‘ por Juan Andivia Gómez, doctor en Filología, profesor y socio de ISA, que intervino en la primera sesión de nuestro ciclo “Transformar la educación para transformar Sevilla“. Andivia Gómez es un docente de gran experiencia en las aulas y en la gestión de un centro educativo, como el Instituto Martínez Montañés, de mucho prestigio, por lo que a buen seguro su artículo, en el que expresa su opinión personal, va a ser muy leído y comentado, en el ámbito educativo y en todos los ámbitos interesados por la gestión política de la educación.

Desesperanzador comienzo de curso

Al final, en un aula entran un adulto y unas decenas de niños o adolescentes y, si no se empieza por preparar la figura de ese maestro dotado de todas las destrezas que se exigen para convivir y enseñar y educar, no hay pacto por la educación que valga.
EL CORREO / SEVILLA / 27 SEP 2016 / 10:50 H.

Si quisiera escribir sobre el comienzo de este curso en funciones, hablaría sobre el retraso en publicar la normativa, la improvisación de una colocación de efectivos que ha alterado las plantillas en septiembre y de su resolución a mediados de agosto, la aparición de materias nuevas, el cambio en los horarios del profesorado, el vaciado de competencias de los consejos escolares; de los libros gratuitos de 4º, que cumplirán su noveno año sin renovación, de la incertidumbre del alumnado de bachillerato que no sabe si hará o no las llamadas reválidas, ni cómo accederá a nuestras universidades y a las otras.

También podría contar que los alumnos de educación secundaria pueden promocionar con distinto número de asignaturas pendientes según la comunidad en que estudien, o que estas autonomías ponderarán el peso de sus lenguas cooficiales y las extranjeras, español incluido; y de que no tenemos legislación andaluza para la elección de los directores, ni modelos adaptados a la demanda de empleo (aunque no estoy seguro de que esto sea malo), ni consenso, ni reforma, ni solución para quienes no obtengan el título tras haber cursado y aprobado la educación secundaria.

Podría detenerme en la disputa baldía de los deberes en Educación Primaria, en la disminución del gasto público que se destina a educación, en la continuidad de una Formación Profesional Básica que no se ha acabado de completar, en los programas de refuerzo y apoyo, en la precariedad del profesorado de Religión católica y su presencia en el sistema, en la dificultad de organizar los cursos cuando se renueva cada año un tercio de las plantillas y, sobre todo, en el magnífico presente del causante de todo esto, el señor Wert, plácidamente recostado en los jardines de Luxemburgo, mientras contempla los atardeceres parisinos, junto a su amada.

Podría escribir sobre todo lo anterior, pero no quiero. La razón es que siendo muy preocupante cada uno de los asuntos enunciados, al final, en un aula entran un adulto y unas decenas de niños o adolescentes y, si no se empieza por preparar la figura de ese maestro, enfermera, pedagogo, psicóloga, entrenador, confidente, erudita, ejemplo, conciliadora, animador, líder y ser humano dotado de todas las destrezas que se exigen para convivir y enseñar y educar a estas personas y en esas edades, no hay pacto por la educación que valga.

En un poema que titula Educar, Gabriel Celaya escribe: Educar es lo mismo/que poner motor a una barca…/hay que medir, pesar, equilibrar/… y poner todo en marcha./Para eso,/uno tiene que llevar en el alma/un poco de marino…/un poco de pirata/un poco de poeta…/y un kilo y medio de paciencia/concentrada. Ah, que se educa en las casas, sí, pero no únicamente.

Cuando se oye en una conversación que los profesores trabajan poco, tienen muchas vacaciones y se les desautoriza ante los propios hijos, cuando se cree que no importan dos horas más de clase, preparación, elaboración de material, equilibrio mental y físico, corrección de exámenes, atención a estudiantes y familias, encuentros, seminarios y reuniones, cuando cualquier oficio manual (necesario, importante) cobra más que una maestra, es que no se ha entendido cómo se forman las sociedades, quiénes generan las ideas y los cambios, dónde nace la honradez (ay, la honradez) de los políticos, la honestidad de los cirujanos o el respeto al medio ambiente de los arquitectos. No se ha entendido nada.

Lo primero en un posible pacto por la educación debería ser la figura del docente, su respeto, su preparación, su selección y su cuidado. Cuando se haya acordado esto, se podrá hablar de consenso, o ¿es que se cree que quienes han crecido en un aula con compañeros que llegan en coches de alta gama a la escuela van a tener la misma visión del mundo que quienes se ven interrumpidos casi a diario por ambulancias, sirenas de policías, desmayos por no desayunar y simulaciones de inyectarse heroína con el bolígrafo?

El pacto posible debería empezar por la no discriminación, por no permitir que algunos colegios espiguen a sus alumnos, por formar lo mejor posible a los profesores y por decirles a ambos, centros y docentes, que van a ser evaluados. Pero no ahora, primero hay que poner el uniforme al capitán del barco, mimar a los remeros y, cuando se sepa quienes manejan la embarcación, pensar adónde se quiere ir.

No vaya a ser que, como siempre, ante el caos organizativo de principio de curso sean los ninguneados profesores quienes saquen las castañas del fuego a los mismos que, sin conocimiento y, a veces, con maldad, los critican; porque así se comienza el curso, con pocos estímulos y con toda toda la voluntad. Nada nuevo y muy preocupante.

En la imagen, fotografía de archivo publicada para ilustrar dicho artículo en El Correo de Andalucía.