Nos parece necesario compartir el siguiente artículo, elaborado por varios profesores del IES Salvador Távora y publicado en el periódico independiente El Topo. Se titula “Enseñar en el barrio más pobre de España” y su testimonio, que deben conocer todos los ciudadanos, tiene obvias referencias con otros temas que hemos publicado anteriormente en la web de ISA sobre la realidad de una zona tan empobrecida y tan desestructurada a nivel socioeconómico como es Tres Barrios-Amate. Se puede leer a continuación:

Enseñar en el barrio más pobre de España

El mes pasado conocimos a través de la prensa que Tres Barrios-Amate es el barrio más pobre de España. Solo hay que dar un paseo y ver el estado de sus viviendas, más propias de un periodo de posguerra que de la Sevilla del siglo XXI; ver la gente desocupada, siguiendo con su mirada el recorrido de los «forasteros» y planteándose para qué hemos cruzado la «frontera», la ronda del Tamarguillo; ver a lxs chicxs ociosxs, sin acudir al colegio o al IES. Esa es la realidad con la que convivimos muchxs docentes en el IES Salvador Távora, ubicado en pleno corazón del barrio.

El centro (800 alumnxs) presenta uno de los porcentajes de absentismo escolar más altos de España (roza el 36%). Tenemos alumnxs menores de 16 años a los que no hemos visto nunca; otrxs, que vinieron el primer año alguna vez; un tercer grupo, el más numeroso, que asiste a clase una media de 2 o 3 días a la semana. Y hay un elevadísimo absentismo de estadística (más de 3 faltas injustificadas al mes). Con esta realidad, cuesta mucho enseñar, sin la ayuda, siquiera, de los libros de texto, que se quedan muy lejos del alcance de estxs niñxs. Por otro lado, vienen con grandes lagunas de primaria (algunxs apenas pueden comprender lo que leen y aun así no han repetido nunca curso). ¿Respuesta de las autoridades?: papeleo. La tutora o el tutor avisa a las familias, pero esto no suele bastar, así que la educadora social les envía una carta informándoles de las posibles consecuencias legales; si con ello tampoco es suficiente —el absentismo es muchas veces consentido por las familias—, se elabora un informe para fiscalía. Por cierto, la educadora es compartida por nuestro centro y tres colegios más de la zona. Cuando, con mucha suerte, la fiscalía actúa, manda a la policía; algunos alumnxs aparecen por el centro a mitad de abril y desaparecen antes de que comience mayo, como si de una resaca de feria se tratara. Y vuelta a empezar, aunque todxs sabemos que las consecuencias legales no llegan nunca o llegan muy tarde…

Por si esto les parece poco, les sigo contando. Gracias al concepto de integración del que presume nuestra Administración, niñxs de distintos niveles, nacionalidades y con distintos problemas (retrasos cognitivos, madurativos, autismo) «conviven» en el mismo grupo (entrecomillo porque hay criaturas que no entienden nada de español y tienen que pasar seis horas al día «integradxs» en el aula para recibir clases de español 2 o 3 días a la semana junto con otrxs catorce compañerxs de distintas nacionalidades y niveles del idioma). Otrxs deben luchar con sus limitaciones mientras soportan la marginación y burla de sus compañerxs ante la impotencia de lxs profesorxs y la orientadora (una para 800 alumnos). Evidentemente, no damos abasto.

¿Y qué más ocurre en el barrio más pobre de España? De todo. Cosas «normales»: madres y padres que se separan y que no tienen medios económicos para vivir por separado; la vivencia dramática de la entrada en la adolescencia compartiendo habitación de 6 m² con tres hermanxs. Cosas «medio normales»: abuelxs viviendo con tíxs, madres y padres, cuñadxs, en pisos-patera; padres que se dedican al oficio de la chatarrería, que sus hijos continuarán porque es lo único legal que conocen en el barrio. Cosas «anormales» para una sociedad democrática: alumnxs que comparten pisos con 15 miembros más de su familia; alumnxs que reciben malos tratos en casa sin que apenas podamos hacer nada por ayudarlos. Y cosas «de otro planeta»: menores sometidxs a abusos a lo largo de años en su propia casa; otrxs, en contacto o al cargo de puntos de venta de drogas; chicxs que no tienen 1,40 € para pagar su billete en el bus para ir de excusión; chicxs que se encuentran en situación de «desahucio» con sus familias; otrxs a los que hay que pagar el bocadillo del recreo, única comida del día; menores que viven con sus abuelxs porque sus madres o padres están en la cárcel, o muertxs en una reyerta, o por sobredosis… Relean esta pesadilla de paréntesis, por favor, porque son casos reales que ocurren en nuestra ciudad.

Y en esta jungla de emociones sin desarrollar (no tienen adultos fiables en los que apoyarse para crecer) nos movemos, a pesar de las trampas que nos tiende la Administración. El año pasado fuimos sometidxs a una inspección y las conclusiones fueron las siguientes: «culpaban» al profesorado del absentismo y del fracaso escolar (muy alto, evidentemente) por no motivar. Por esta razón «se veían obligados» a volver y revisar las cifras para tomar medidas, si estas superaban el 50% de fracaso —recordemos: un 36% de absentismo— . También plantearon más papeleo con el que distraernos, mientras el barrio se sigue desangrando de paro (más del 70% entre la población activa) y de fracaso.

Evidentemente, a menor índice de escolaridad, mayor índice de paro. ¿Respuesta de las autoridades? No tenemos en nuestro centro ni una sola oferta de formación profesional de grado medio para responder a las necesidades de lxs alumnxs que, a duras penas, han obtenido el certificado de ESO y no pueden acceder a Bachillerato —les falta la base, la constancia, el espacio en casa para dedicarse al estudio varias horas al día—; los programas de atención a la diversidad, «D­­­­iversificación» y «Compensatoria» son claramente insuficientes: 90 plazas para un IES de 800 alumnos, sin personal especializado y sin apenas dotación desde los recortes.

«Motivación e integración», las dos palabras milagro de lxs políticxs para solucionar los problemas educativos y para, a la vez, trasladarnos la responsabilidad a lxs profesorxs. La integración no se consigue reuniendo en el mismo lugar a niñxs de diversas nacionalidades y con grandes problemas: eso se llama gueto. Hace falta planificación, infraestructuras, recursos —muchxs de nuestrxs alumnxs no tienen ni para comprar bolígrafos, imagínense ordenadores, aun así, comparten dos aulas de informática para todo el centro—. Sería preciso personal especializado, del que no dispone la Administración, ya que es más barato pagar más a lxs profesorxs que aprueban a más chavalxs y presumir de estadísticas.

A pesar de todo esto, ¿saben qué? La mayoría son niñxs cariñosxs y respetuosxs, aunque nadie les haya enseñado a estimar la educación, a mantener una rutina, ni de comidas siquiera, mucho menos, de estudios. Aunque nadie les haya enseñado a imaginar una vida más allá de este barrio, sin leyes, sin futuro, olvidado por todxs. Un barrio para el que la frontera es la ronda del Tamarguillo. ¿Casualidades? Justo donde se ubica la Delegación de Educación.

Firmado: algunos profes del IES Salvador Távora.

En la imagen, el IES Salvador Távora en una fotografía del servicio Google Maps.