He hecho miles de kilómetros en autobús y avión por Brasil y México y en cada aeropuerto y estación central de autobuses a la que llegaba me acordaba de esta ciudad, Sevilla. Allí, en la gran sala de la llegada de viajeros existe una ventanilla de información en la que, tras explicar, a qué hotel quieres ir, te dan un tique de taxi, lo pagas, y te acompaña una persona a la cola correspondiente, desde la que el taxista te llevará a tu destino. ¡Que placer saber que no te van a timar! ¡Y qué fácil de organizar es! Ya digo que es una experiencia que he vivido decenas de veces.

Aquí, sin embargo, en el aeropuerto, por ejemplo, los turistas huyen de los taxis como gato escaldado del agua; lo pude presenciar hace unos días. Los turistas que llegan a Sevilla se agolpan ante la parada del autobús, dispuestos a aguantar lo que sea, con sus grandes maletones, porque no se fían de lo que pueda ocurrirles (me refiero al dinero que les van a cobrar) una vez se han montado en este “mal” (en este caso) llamado “servicio público”. ¡Menudo servicio público! ¡Y menudo ayuntamiento que no es capaz de organizar algo tan simple como una ventanilla que oriente a los turistas a sus lugares de destino sin que puedan sentir la sensación de que les están engañando! Ya sé que no ocurre siempre; pero, malvados… haberlos, ahílos. Y si los turistas vienen precavidos, por algo será.