Muere un trabajador en el ejercicio de su labor profesional y Sevilla entera se retuerce de dolor. Se cuestiona la vigilancia de la salud laboral por parte de la empresa; el gobierno del estado le concede raudo una medalla; los enemigos irreconciliables sellan la paz conmovidos por la tragedia.
Es ejemplar que una ciudad viva tan intensamente la siniestralidad laboral. Sin ir más lejos, ayer murió un trabajador en Barcelona y nadie fue a poner velas encendidas en su lugar de trabajo. ¡Qué fríos son los catalanes! Claro que trabajaba en las obras del AVE y lo aplastó un cilindro de 3 toneladas. Si al menos se hubiera dedicado a darle patadas a una esfera de menos de 1 un kilo…