Artículo de Eliseo Monsalvete sobre el bus ateo, publicado en El Correo de Andalucía.

La posibilidad de que un grupo ciudadano inserte publicidad atea en los autobuses de nuestra ciudad ha desencadenado diversas reacciones, en muchos casos llenas de prejuicios y con interpretaciones sesgadas, basadas únicamente en el breve texto que aparecerá escrito. En otros casos, las opiniones son más sensatas, como la de un cura que comenta que no le gusta dicha publicidad, pero que existe la libertad de expresión en nuestro país y que la respeta. La palabra ateo conlleva un aspecto peyorativo en nuestra sociedad, avanzada pero con una influencia religiosa sofocante. Todavía nos viene a la imaginación una persona desalmada, sin sentimientos ni escrúpulos, cuya vida está repleta de actos perjudiciales para sus congéneres. Por el contrario, se relaciona a una persona creyente en Dios con una vida llena de virtudes y actos dirigidos por el amor al prójimo, siempre bajo los preceptos de la fe cristiana predominante. No hay que olvidar que la palabra virtud proviene del latín virtus y que designa a lo que es moralmente bueno, cualidad de la voluntad que supone un bien para uno mismo y para los demás; y que en el mundo griego y romano, al que tan unidos estamos, destacaban grandes pensadores que se cuestionaban la existencia de Dios. El vocablo ateísmo a lo largo de la historia y desde el punto de vista conceptual ha tenido un aspecto positivo de planteamiento crítico, estando inicialmente unido a movimientos intelectuales y políticos como el racionalismo, el librepensamiento y el liberalismo; y en épocas más cercanas, al existencialismo, al marxismo, al feminismo, al movimiento racionalista y al método científico. Un ejemplo muy destacable de esta relación es el que ha salido publicado recientemente en la prensa. Melchor Rodríguez, apodado el ángel rojo, trianero para más señas, anarquista y ateo, destacó en la guerra civil por su integridad moral, valentía y sentido de la justicia. Salvó de la muerte a muchos prisioneros que luego ocuparían altos cargos en el régimen franquista (Agustín Muñoz Grandes, Raimundo Fernández Cuesta, Serrano Suñer, Luca de Tena, Rafael Sánchez Mazas –qué vida tan venturosa la suya–, etc.) poniendo en gran riesgo su vida cuando, siendo delegado de Prisiones, detuvo a una muchedumbre amotinada y sedienta de venganza que iba a fusilar a los presos, en represalia por los bombardeos que caían sobre la población civil en Madrid. Este sevillano, en contra del ambiente predominante de ortodoxia militante en la guerra española, tenía una fuerte base ideológica que la sometía al siguiente predicamento: “Se puede morir por las ideas, pero no matar por ellas”. La confusión en las ideas sobre el ateísmo llegó hasta su hija Amapola Rodríguez, que a la vez que ensalzaba la vida ejemplar y humana de su padre anarquista, comentaba con tristeza: “Cómo pudo morir sin creer en Dios”. Tal vez, si la publicidad atea se acompañara de una referencia a la vida de numerosas personas que sin creer en Dios, presentan méritos y logros que han contribuido a una sociedad más humana, justa y avanzada, calaría mejor en nuestra sociedad. O tal vez, el objetivo sea generar debate sobre la existencia en la sociedad de grupos con distintas opciones ontológicas.

Eliseo Monsalvete Mazo. Médico y miembro de la Junta Directiva de Iniciativa Sevilla Abierta (ISA)