Parece una chorrada pero no lo es. En esta ciudad con tanto arte parece que los autóctonos e incluso los forasteros deben tener un sexto sentido para poder orientarse por sus intrincados callejones: rótulos con letras caídas, otras veces duplicados; placas de calles sin ningún tipo de normalización; casas sin numerar a mansalva; rótulos sólo situados, con suerte,al comienzo de la vía…
Eso en cuanto a la forma, pero, ¡ay!, en cuanto al fondo del asunto… La época de Becerril fue nefasta al respecto. Se entregó la potestad de poner nombres a las calles a las Juntas de Distrito, y aquello convirtió al callejero de la ciudad en el “pograma” de la Semana Santa. Nombres tan bonitos como “Varflora” fueron sustituidos por “Real de la Carreteria”, el puente de Chapina se convirtió de la noche a la mañana en el Puente del Cachorro. Y se llegó a rizar el rizo poniéndole a la calle Lerena, allá por la collación de San Martín, el nombre de la advocación mariana más kitsch que figura en el Guiness: “Divina Enfermera”.
Pero bueno, llegó el gobierno de progreso y muchos esperábamos corregir los yerros denunciados más arriba,al menos los relativos al apartado de la forma, pues los del fondo quizá tengan más difícil solución. Pues, nada. Todo sigue igual.

Y mientras tanto se abren cantidad de nuevas calles y avenidas a las que se sigue poniendo el nombre de toreros, folclóricas, santos o sres. desconocidos.
La calle Emilio Lledó, la avenida de Antonio Machado, la plaza de Luis Cernuda, el paseo Luis Gordillo deben pertenecer a una Sevilla tan fantasmal e irrecuperable como la de Ocnos.