joaquin-perfilEs posible que los ponentes de las conferencias-coloquio, a los que ISA ha invitado, hablen de grandes proyectos de desarrollo económico-social, urbanístico o tecnológico. Desde poner en valor el capital humano que, como cualquier otra ciudad, alumbra Sevilla, apoyando al máximo a los jóvenes mejor preparados, o creando industrias de I+D+i, a imitación de Silicon Valley, como acaba de apuntar Juan Luís Pavón en su artículo Propuestas para el futuro de Sevilla, publicado el pasado día 3 de febrero en el Correo de Andalucía. Pero también, seguro, se realizarán otras propuestas más concretas y seductoras, ¿por qué no?, como la de urbanizar ‘como Dios manda’, si se puede decir así, el entorno del río Guadalquivir, convirtiendo ese espacio en ‘una gran calle de vida’ a modo de un gran corazón para la ciudad; proyecto éste que —qué duda cabe— sería una ‘propuesta golosa’ para cualquier político sevillano que se precie.

También surgirán de estas conferencias-coloquio, auspiciadas por ISA, otras iniciativas tentadoras y audaces. Habrá quien hable, imagino, de la necesidad de resolver “el atasco” diario del tráfico rodado en la conexión de la capital andaluza con el Aljarafe; o de crear nuevas vías rápidas para descongestionar la ciudad, sin olvidarse de la necesidad de tejer una red más amplia de metro y, en general, de transporte público.

Por supuesto que no hay que olvidarse de la generación de empleo… Empleo con futuro y estable. E igual que la industria aeronáutica parece que ha cimentado su empeño en esta ciudad, otras industrias —doctores tiene la Iglesia para decir cuáles— podrían alumbrar un futuro halagüeño para Sevilla, siempre con esa mirada apuntando a los 20 años vista que ISA ha entendido que se debe apuntar.
Finalmente, en este capítulo de la ‘creación’ y sueño de nuevos proyectos para la ciudad que queremos, no van a faltar iniciativas que apunten a lo que, para cualquier persona, es argumento vital: la vivienda. Por eso entiendo que habrá quien explique también cómo se pueden construir nuevos barrios, más ‘vivibles’, menos masificados, mejor comunicados con el centro urbano y con mejores servicios en un marco ambiental sostenible.

Pero, dicho esto, no quisiera dejar pasar la ocasión de aportar mi grano de arena a esta reflexión colectiva que ISA nos propone. En mi opinión, nunca como ahora la sociedad fue tan endeble en lo que yo llamaría ‘elaboración de pensamiento colectivo’. Cierto es que a nivel material, jamás se dispuso en el espacio urbano de tantas mejoras y bienestar. Pero también es verdad que, paradójicamente, teniendo tanto como tenemos, ¡qué poco lo cuidamos! ¡Qué desapego el de nuestros políticos con la ciudad que gestionan¡ ¡Qué insensibilidad la suya hacia el bien colectivo! ¡Qué arbitrariedad a la hora de plasmar su gestión!

Pero otro tanto podría decirse de nosotros, los sevillanos. ¡Qué poca ciudadanía la nuestras cuando se trata de cuidar y querer nuestro hábitat! Y no me vengan los progresistas ni los conservadores más rancios —tendría que volver a citar aquí, otra vez, a Juan Luís Pavón y su artículo ya reseñado— a decirnos que esta ciudad… o ‘no tiene remedio’, o, por el contrario ‘es la mejor del mundo’.

Porque no es ni una cosa ni otra. Si es, entiendo yo, un espacio increíble, ¡sí, increíble! para el bien vivir. Y si se gestionase con acierto y pasión, aprovechando la sabiduría que otras ciudades de Europa y del mundo ya han aplicado a la cotidianidad de su vida urbana, Sevilla podría ser una especie de ‘Palacio de Invierno’ para esa Europa jubilada, que tiene un nivel adquisitivo aceptable y que, al sufrir el rigor del invierno, está deseando, casi siempre, como las aves, emigrar hacia el sur. Sevilla podría ser ese sur de sus sueños; o al menos un lugar de referencia en su paso hacia otros lugares.

Por eso, entrando ya en lo concreto, he aquí algunas preguntas a las que Sevilla deberá darle respuesta en los próximos años si no quiere fenecer atrapada en su ombligo: ¿Para cuándo la peatonalización del casco antiguo al completo? ¿Para cuando unos edificios-aparcamiento que, a un precio simbólico, resuelvan el problema del tráfico en el casco antiguo? Unos aparcamientos en vertical, disimulados, que podrían construirse en torno la ronda que ‘envuelve’ el casco antiguo, facilitando con ello el poder desplazarse a pie o en bus por la ciudad? ¿Para cuándo esas aceras amplias por las que puedan caminar los ancianos o las personas que impulsan carritos con niños pequeños? ¿Para cuándo la sanción firme a quiénes hacen sus necesidades en rincones diversos, arrojan basura al suelo, dejan abandonadas las cacas de los perros, pintan graffitis a su antojo…? ¿No podrá el ayuntamiento, a este respecto, habilitar una red de servicios públicos (urinarios) o explicarle (y exigirle) a los establecimientos de hostelería que la ley les obliga a facilitar el acceso a los aseos a quienes quieran usarlos<? ¿Para cuándo la rotulación limpia y clara de las calles y así evitarle a los sufridos turistas que tengan que dejarse los ojos en cada esquina? ¿Para cuándo una regulación ordenada y estricta de la ocupación de aceras por veladores de bares y restaurantes que están convirtiendo el espacio público en espacio privado? ¿Para cuando una Oficina de Turismo Central (que informe sobre el turismo autonómico, provincial y local) con una sucursal en la estación de Santa Justa y otra en el Aeropuerto, por ejemplo? Una oficina que le gestione a quien llega… desde el taxi que ha de coger (con su precio justo), una habitación de hotel, una entrada para un espectáculo o el alquiler de un apartamento, si fuera necesario. En este apartado en concreto, Sevilla, que recibe miles y miles de turistas al año, está, en mi opinión y por lo que yo he tenido ocasión de vivir en países como Canadá, Australia, México o Brasil, por citar sólo algunos, a años luz de lo que sería una “gestión confortable y cálida” del turismo. Se trataría, en definitiva, de que el turista quedase tan contento que siempre estuviese pensando en volver…

Sevilla es la ciudad ideal para perderse; para invernar y gozar de la primavera y otoño. Para disfrutar de la música o de otras artes escénicas. Tiene paisaje y es confortable y acogedora. Pero necesita educarse, quitarse la caspa, dejar de mirarse el ombligo. Y necesita unos políticos que la gestionen con responsabilidad; es decir, que cumplan y hagan cumplir las leyes. No se debería consentir el ruido estridente (de tubos de escape trucados) o el monocorde, agotador y castrador de emociones generado por esas bandas de música que nunca terminan de practicar lo suficiente con sus cornetas y tambores… Como también debería vigilarse que las procesiones fuesen las justas. Hoy, el centro de Sevilla es un enjambre de ritos que, a los que creen en ellos, les llenarán de gozo, pero a los agnósticos, ateos o indiferentes le amargan la existencia, provocando con frecuencia atasco incomprensibles, pérdidas continuas de tiempo y situaciones desagradables. ¿O no?

Sí, es importante… mejor dicho, va a ser muy importante para la ciudad de Sevilla a 20 años vista, lo que la mayoría de los ponentes nos cuenten, pero creo que si no conseguimos, antes que nada ser ciudadanos, con todo lo que esto implica, pues me temo que al final, sí, habrá I+d-i, por ejemplo, pero nos devorará la miseria moral y las actitudes pacatas. Es decir seguiremos pensando —unos— que “Sevilla es lo mejor del mundo” y —otros— que “hay que irse de aquí porque esto no tiene remedio”.
Corresponderá a los políticos gestionar el manual del Buen Gobierno que desde ISA y otras organizaciones sociales se les proponga; yo sólo me he atrevido a enumerar aquí algunas pautas que, en nuestra condición de ciudadanos, tenemos la obligación de cumplir. Ya lo dijo en su día el noruego Jostein Gaarder: “Este tiene que ser el siglo de los Deberes como el siglo pasado fue el de los Derechos”. Aunque serán los políticos, como digo, los que, en última instancia, harán (o no) de Sevilla esa ciudad a la que se anhele volver.

Joaquín Mayordomo SA (@perniculas)