Desde la Asociación Iniciativa Sevilla Abierta ISA queremos llamar la atención sobre una de las cuestiones de fondo sobre las que debemos reflexionar, no solo al calor de estos días críticos para nuestra democracia. En España y en muchos países hay un problema que va a más y es el de basar el ejercicio del poder, desde las instituciones o desde las calles, mediante el dominio de la opinión pública. Y a través de la propaganda y la manipulación, consolidar la capacidad de aplastar la reflexión individual, silenciando a minorías o mayorías, y empobreciendo la calidad del debate democrático.

Un buen punto de partida es el artículo ‘Opinión soberana’, del periodista sevillano Miguel Ángel Robles, socio director de Euromedia, experto en comunicación institucional y corporativa. En dicho análisis que pueden leer íntegro pinchando en este enlace, Robles profundiza en la evolución que ha tenido a lo largo de la Historia de las democracias occidentales la correlación entre calidad democrática y opinión pública.

Así, los primeros pensadores liberales como Hume y Burke contribuyeron a asentar la idea de que “cualquier gobierno debía basarse en la Opinión: concretamente en esa opinión nacida del debate público”. Pero, aclara, lo que tenían en mente estos intelectuales “no era precisamente que la mayoría pudiera salir a la calle y derrocar el orden legal vigente por su soberana voluntad” sino que “incluso en un régimen representativo, el poder no debe ejercerse de forma despótica”.

Posteriormente, Tocquevillle “fue el primero en avisar de la cara oculta de la Opinión Pública: su capacidad de aplastar la reflexión individual, silenciando a las minorías y empobreciendo la calidad del debate democrático”. A partir de entonces, y desde las propias filas del pensamiento liberal, no tardaron en surgir las voces que advirtieron “del riesgo que entrañaba afirmar que todo gobierno debe basarse en la Opinión”. Por ello, el periodista apunta cómo se fue estableciendo “la necesidad de distinguir entre la verdadera Opinión Pública fundamentada en el debate racional de las personas cultas y la falsa Opinión Pública conformada por la opinión superficial e irracional de las masas”.

Sin embargo, a pesar de todas las objeciones, “confirmadas y reforzadas por todas las investigaciones empíricas desarrolladas posteriormente desde la sociología y la psicología social, la idea de que cualquier gobierno democrático se basa en la Opinión Pública no sólo no se debilitó, sino que ha ido reforzando su prestigio, hasta el punto de ser hoy el epítome de los ideales democráticos”.

Con todo ello, concluye que “en una Opinión Pública como la actual, desposeída de la lectura, la historia y la filosofía, las ideas simples vencen indefectiblemente a las complejas. Y la idea de que votar es lo más democrático es simple y de una eficacia demoledora”.  Desde este punto de vista, Miguel Ángel Robles pronostica que, “a la larga, en Cataluña perderá la democracia y ganará la Opinión. Pero no esa opinión ponderada por la cultura y el debate que tenían en mente los padres del liberalismo, sino la compulsión electora de un público iletrado que se siente investido de una autoridad tan soberbia como lejana a cualquier fuente de sabiduría”.